Aunque hay pesimismo, en América Latina las cosas no están del todo mal
Si hay un símbolo que sea mínimamente esperanzador para América Latina, probablemente sea el gasoducto Néstor Kirchner, en Argentina. No obstante, si bien las cosas mejoran no hay que dejarse llevar por la euforia.
El gasoducto, de 2.700 millones de dólares y 536 kilómetros de longitud, se inauguró con bombos y platillos en julio de 2023, conectando el yacimiento de Vaca Muerta con el centro del país. De un plumazo, se le puso fin a la dependencia de gas importado que tiene ese país, hecho que representa un ahorro de más de 4.000 millones de dólares anuales de reservas a la golpeada economía argentina.
Por ahora, el gasoducto solo permite suministrar más gas internamente en Argentina. Serán necesarias nuevas ampliaciones antes de que pueda exportar a vecinos como Brasil y Bolivia, y todavía no mencionemos la posibilidad de abastecer al mercado europeo, hambriento de energía en medio de la guerra de Ucrania.
Aunque Vaca Muerta es la segunda mayor reserva de gas de lutita o shale gas del mundo, y empresas como Shell, YPF y Exxon han hecho grandes apuestas en ella, el yacimiento solo produce casi un tercio de su potencial debido a los controles de capital, la insuficiencia de infraestructuras y la inestabilidad política de Argentina.
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Como tantas otras cosas en América Latina y el Caribe (ALC), la realidad puede ser mucho mejor. Pero aun así, Vaca Muerta es un claro paso hacia adelante. A pesar de la mala política y del pesimismo de los últimos años.
“La gente se da cuenta de que hay retos globales para los que América Latina está en una posición única para formar parte de la solución”.
En efecto, tras una “década perdida” en la que las economías se estancaron en toda la región, un nuevo optimismo parece afianzarse en algunas zonas. Es desigual y se concentra en determinados países (especialmente Brasil y México) y sectores (energía, agroindustria y nearshoring –externalización de la producción en países cercanos donde se abaratan costos–, entre otros). Pero el balance final todavía parece ser un modesto aumento del crecimiento y una oportunidad de tiempos mejores para los inversores y muchos de los 660 millones de personas en América Latina y el Caribe.
¿Escéptico? Francamente, todo el mundo lo está. Pero muchos hacen sus apuestas de todos modos. La inversión extranjera directa (IED) en la región se disparó un 55 % en 2022, hasta alcanzar el récord de 224.000 millones de dólares, en un año en el que los flujos de IED a escala mundial se redujeron un 12 %.
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En 2023, las divisas de Colombia, México y Brasil han sido las de mejor desempeño de los mercados emergentes, seguidas de cerca por Perú, gracias al influjo de capital global. México superó a China en julio y se convirtió en el principal socio comercial de Estados Unidos por primera vez en 20 años. Detrás de todo esto subyace la idea de que, en una época de rápidos cambios en el comercio mundial y en los flujos de capital, América Latina tiene mucho de lo que el mundo necesita: materias primas estratégicas, fuentes de energía renovables, trabajadores cualificados cerca del mercado estadounidense y mucho más.
“No solo veo optimismo, sino acción”, dijo Ilan Goldfajn, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). “La gente se da cuenta de que hay retos globales para los que América Latina está en una posición única para formar parte de la solución”.
Nadie está “tirando manteca al techo”, apelando al viejo dicho argentino para hablar de las épocas de bonanza. Las tasas de crecimiento de la región siguen por debajo de su potencial, por detrás de otros mercados emergentes en África y Asia Oriental. Sin embargo, 2023 será el tercer año consecutivo en que el Fondo Monetario Internacional y otros organismos se vean obligados a elevar sus previsiones de crecimiento para la región por resultar demasiado pesimistas.
La desesperanza que envolvió a la región tras el covid-19 parece haber sido exagerada. Incluso, el crecimiento del PIB del 2,3 % proyectado para 2023 duplicaría la tasa media de América Latina y el Caribe en los cinco años anteriores a la pandemia.
El populismo y otros ismos aún podrían sofocar la recuperación. Gran parte del escenario más optimista depende de la economía mundial, y la salud tanto de Estados Unidos como de China son grandes interrogantes. El gasoducto argentino incompleto muestra hasta qué punto será fundamental seguir ampliando las infraestructuras en el futuro. La persistencia de elevados niveles de pobreza y hambre, herencia de la década perdida, significa que aún podrían pasar algunos años para que las personas perciban una mejora significativa en sus vidas.
No obstante, todavía hay situaciones relativamente optimistas para América Latina y el Caribe para los años venideros. En este artículo, me centraré en cinco razones fundamentales para dicho optimismo, basadas en entrevistas con líderes empresariales, políticos, analistas y gente del común que fueron lo suficientemente valientes como para expresar al menos cierta esperanza.
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Posición estratégica

Fernando Henrique Cardoso, expresidente de Brasil.
Getty Images
Hace unos años, el expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso me dijo en una conversación: “Tenemos que aprovechar nuestro mayor activo estratégico. Y Brasil está lejos”, al hablar sobre la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China.
Con una sonrisa irónica, explicó que, en una nueva y volátil era de competencia entre grandes potencias, la mera distancia geográfica que separa a Brasil de focos de tensión como Ucrania, Israel y Gaza o Taiwán es una ventaja infravalorada. Si su país y otros de América Latina pudieran mantener cierta neutralidad, serían considerados un refugio seguro para que todos invirtieran, incluso en un mundo en fragmentación. Además, dijo Cardoso, podrían beneficiarse de una especie de guerra de ofertas, ya que Washington, Pekín y otras potencias compiten por la influencia y los recursos naturales.
Eso es exactamente lo que ocurrió en la región en 2023. La moralidad y la sabiduría estratégica a largo plazo de la neutralidad, o “no alineación”, son discutibles. Sin embargo, por el momento, en los vestíbulos de los hoteles donde se hacen negocios en São Paulo, Santiago, Ciudad de Panamá y Bogotá, se escucha una asombrosa variedad de chino, inglés, árabe y francés mientras se cierran acuerdos.
En julio, la Comisión Europea anunció inversiones en áreas como el oxígeno verde, entre otras, por orden de los 48.000 millones de dólares, en un plazo de cinco años en toda la región. Ese mismo mes, más de 100 funcionarios y empresarios de Arabia Saudita visitaron Brasil y firmaron 26 acuerdos bilaterales de inversión enfocados en la minería y la agroindustria. Los chinos están realizando una de sus mayores inversiones estratégicas en un nuevo puerto de aguas profundas de 1.300 millones de dólares al norte de Lima, que podría reducir el tiempo promedio de transporte marítimo a Asia de 45 a 35 días. Estados Unidos sigue siendo el mayor inversionista en América Latina, con más del 40 % de la IED.
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El hilo conductor de muchos acuerdos es la agroindustria: América Latina es el mayor exportador neto de alimentos del mundo, un factor crítico en un momento en que se prevé que la clase media mundial se duplique en las próximas dos décadas, hasta alcanzar la cifra de 3.000 millones de personas. Brasil ha sido el principal beneficiario hasta ahora, pero Argentina está a punto de sumarse si, como se espera, este 2024 trae mejores condiciones meteorológicas (tras su peor sequía en 40 años) y políticas (con Javier Milei como presidente).
A diferencia del boom de las materias primas de la década de 2000, este ciclo “no es fundamentalmente un boom de precios. Se trata más bien de un boom de la inversión” que podría aumentar los rendimientos y la eficiencia, comentó Goldfajn. Como tal, no será tan drástico, pero puede resultar más sostenible.
Potencial de ‘nearshoring’
Al mismo tiempo, muchos países están aprovechando su proximidad con Estados Unidos, a medida que las empresas acercan la producción a casa tras la pandemia y el aumento de las tensiones con China. La tendencia al nearshoring ha sido más lucrativa de lo que algunos predijeron, sobre todo (aunque no exclusivamente) en México, donde la IED aumentó un 40 % en el primer semestre de 2023, ayudando a la economía a crecer a un ritmo promedio del 3 % después de años de estancamiento.
Las políticas alrededor de nearshoring podrían ser mucho mejores. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador tiene una relación difícil con las empresas, y este 2024 podría ser el regreso de Donald Trump, quien rutinariamente amenazó a México con cierres de fronteras cuando fue presidente. El suministro irregular de electricidad y agua, los cuellos de botella en las infraestructuras y la inseguridad son obstáculos. La oferta inmobiliaria en zonas manufactureras como Monterrey es tan escasa que algunos polígonos industriales exigen un compromiso de 10 años a los inquilinos.
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Pese a esto, las inversiones siguen llegando: Tesla anunció en marzo su primera incursión en México con una “gigafactoría” de 5.000 millones de dólares que le ayudará a cumplir el objetivo de reducir a la mitad los costos de fabricación de sus vehículos eléctricos (la Ley de Reducción de la Inflación de Estados Unidos permite créditos fiscales para los vehículos eléctricos aunque se fabriquen en México, debido a su acuerdo comercial).
Mientras tanto, las empresas no estadounidenses también están ansiosas por afianzarse en Norteamérica: el fabricante taiwanés de productos electrónicos Quanta Computer anunció en mayo una inversión de 1.000 millones de dólares en México. Para el conjunto de América Latina, el nearshoring tiene el potencial de sumar 78.000 millones de dólares anuales a las exportaciones de la región, según el BID.
El BID también estima que más de la mitad del potencial adicional del nearshoring se encuentra fuera de México. Intel informó en agosto que invertirá 1.200 millones de dólares en Costa Rica, después de que Washington acordó incluir a este país en los esfuerzos de Estados Unidos por impulsar la fabricación de semiconductores. Otros países de la cuenca del Caribe, como Honduras (1.000 millones de dólares en exportaciones potenciales añadidas), Trinidad y Tobago (480 millones de dólares) y Jamaica (140 millones de dólares), podrían sumarse a estos planes, según el BID.
“Sinceramente, nunca esperamos ver semiconductores fabricándose en México, o autos eléctricos o cosas así”, dijo Marcelo Claure, un bolivianoestadounidense, quien fue CEO de Sprint y Softbank International, y ahora dirige un fondo de inversión enfocado en América Latina. “Piensa en lo lejos que hemos llegado, y te darás cuenta de lo que aún podría estar por venir”.
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El Nearshoring es un modelo de externalización de servicios.
iStock
Potencia energética
La palabra ‘potencial’ es importante. Se ha hablado mucho del litio, del que América Latina posee cerca del 60 % de las reservas identificadas en el mundo. Sin embargo, la producción ha sido insuficiente, ya que los gobiernos de Chile y Bolivia, en particular, han promulgado leyes que obligan al Estado a desempeñar un papel importante en la explotación. El reciente descubrimiento de un yacimiento de litio aparentemente gigantesco en la frontera entre Nevada y Oregón plantea la cuestión de si, para cuando los países hayan logrado una combinación de políticas adecuada, el mundo habrá pasado la página a otro recurso natural.
América Latina atrajo solo 20.000 millones de dólares en inversiones en energías renovables durante 2022, lo que representa solo el 4 % del total mundial. Esto significa que la región no está dando lo mejor de sí en la economía mundial, no obstante el claro potencial que tienen las energías solar, eólica e hidráulica.
“Aprovecharlas exigirá una mayor integración en la economía mundial. Sin embargo, paradójicamente, frente a estas oportunidades, la región se está integrando cada vez menos”, afirma un reciente estudio dirigido por el economista en jefe del Banco Mundial, William Maloney.
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Algunos aconsejan paciencia, argumentando que los abundantes recursos de la región y las necesidades de la transición energética mundial acabarán imponiéndose. Más de una cuarta parte de la energía primaria de América Latina procede ya de fuentes renovables, el doble de la media mundial. La industria eólica de Brasil ha duplicado su capacidad desde 2018, lo que podría situar al país en la fila para ser el cuarto mayor productor mundial en 2027, detrás de China, Estados Unidos y Alemania, según un organismo de la industria local. En junio, Uruguay anunció una inversión de 4.000 millones de dólares en nuevos proyectos de energías renovables, la mitad de ellos centrados en el hidrógeno verde, un ámbito en el que Chile y otros países también tienen un gran potencial.
El anticuado sector del petróleo y el gas de América Latina todavía ofrece algunas oportunidades. La producción total de petróleo de la región ha caído un 20 % en la última década, hasta los 7,8 millones de barriles diarios, debido al descenso de la producción de México y Venezuela. Sin embargo, según un estudio de la Universidad de Columbia, Brasil y Guyana podrían representar juntos la mitad de la producción petrolera de América Latina a finales de esta década.
Hay un gran potencial en otros lugares, aunque la reacción contra el petróleo y las actividades extractivistas en general se evidenció en agosto, cuando el 59 % de los ecuatorianos votaron a favor de poner fin a la producción de petróleo en un parque nacional de la Amazonia, renunciando a unos ingresos previstos de hasta 13.000 millones de dólares en los próximos 20 años. Los votantes de la provincia argentina de Neuquén están cada vez más molestos por el aumento de la delincuencia, la escasez de viviendas y la desigualdad asociadas al desarrollo del cercano yacimiento de Vaca Muerta, según declaró María Esperanza Casullo, profesora y analista política local.
Una política que anda
“Lo más emocionante en América Latina en este momento es la fortaleza de las democracias”
Le pregunté a Marcelo Claure, el veterano CEO de empresas globales, si existía el riesgo de que la política saboteara el momento más prometedor de América Latina. “¿Qué pasa con la política en Estados Unidos? ¿O en Europa?”, replicó. “No estoy seguro de que en América Latina sea peor, la verdad”.
No es exactamente una aprobación contundente, pero tiene razón. En esta era de polarización y redes sociales, corremos el riesgo de obsesionarnos tanto con las disfunciones cotidianas que nos perdemos los momentos en que los funcionarios realmente cumplen. Por ejemplo, los bancos centrales de América Latina comprendieron, posiblemente más rápido que en ninguna otra región del mundo, que la inflación de la época de la pandemia no era “transitoria” y que era necesario subir los tipos de interés. Como resultado, la inflación se está ralentizando en casi todas partes, menos en Argentina y Venezuela, y los bancos de Brasil, Chile y Uruguay están recortando los tipos de interés, a pesar de que siguen subiendo en algunas partes del mundo desarrollado.
No cabe duda de que las políticas populistas en toda la región siguen suprimiendo el crecimiento económico. Pero la “nueva marea rosa” de presidentes de izquierda, como el colombiano Gustavo Petro, el chileno Gabriel Boric, el mexicano Andrés Manuel López Obrador y el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, por lo general, han desafiado las predicciones catastrofistas manteniendo una mano firme en la gestión fiscal. Los temores de los votantes de “convertirse en la próxima Venezuela” son a menudo exagerados, pero en la práctica el espectro de repetir esa tragedia probablemente ha limitado las ambiciones de toda una generación de líderes progresistas en América Latina.
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Para bien y para mal, esta también es una época en la que es difícil que un político adquiera demasiado poder. De las últimas 22 elecciones presidenciales libres y justas en América Latina, un partido de la oposición ha ganado en 20 de ellas. Esto es el resultado, parcialmente, de una disfunción: la pobreza, el desempleo y la inseguridad alimentaria estaban aumentando en la región, incluso antes del advenimiento de la pandemia. En términos generales, bajo este entorno, los líderes políticos no han cumplido con las expectativas de la población y han perdido popularidad poco después de asumir sus cargos.
En ese entorno, la erosión democrática sigue siendo una preocupación real. Pero cuando los presidentes intentan mantenerse en el poder interfiriendo en las elecciones, persiguiendo a sus opositores o acaparando ilegalmente el poder para sí mismos, como ha ocurrido en Brasil, Guatemala y Perú, las instituciones han resistido. “Lo más emocionante en América Latina en este momento es la fortaleza de las democracias”, afirmó Susan Segal, directora general de Americas Society y Council of the Americas, las organización que publica AQ. “Es una sorpresa para todos, y al contrario de la forma en que solían funcionar las cosas en la región”.
El motor de las ‘techs’
La pandemia fue indiscutiblemente terrible en América Latina y el Caribe, donde se produjo quizá un tercio de las muertes a escala mundial a pesar de tener solo el 8 % de la población global. Pero aceleró la transición hacia una economía más digital, a medida que la población relativamente joven de la región, que tiene una de las tasas de uso de teléfonos inteligentes más elevadas del mundo, adoptó el comercio electrónico, la tecnología financiera y otros segmentos.
La velocidad de la expansión ha sido asombrosa. Mercado Libre, la mayor empresa de comercio electrónico de la región, declaró en abril que contrataría a 13.000 personas más, con lo que su plantilla total ascendería a 53.000 empleados, frente a los 10.000 que tenía a finales de 2019. Más del 80 % de las nuevas contrataciones de la empresa se producirán en Brasil y México. En general, se espera que el comercio electrónico represente casi una quinta parte de las compras minoristas en América Latina para 2026, según un estudio de Morgan Stanley.
Las nuevas tecnologías están permitiendo a las clases trabajadoras de la región, muchas de las cuales trabajan en el sector informal y nunca han tenido una cuenta bancaria, acceder al crédito por primera vez. De acuerdo con el FMI, el valor de las transacciones en bancos digitales totalmente en línea o fintechs se disparó hasta los 123.000 millones de dólares en 2021, en comparación con los 17.000 millones de dólares cuatro años antes. El valor de los pagos digitales también se ha duplicado en ese tiempo, hasta 215.000 millones de dólares, a menudo utilizando nuevas plataformas innovadoras como la mexicana CoDi, la costarricense Sinpe Móvil o la brasileña Pix.
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Mercadolibre: nueva bodega
Mercado Libre
Nubank, el líder tecnológico de la región, tiene ahora más de 90 millones de clientes, suficientes para situarse entre las mayores empresas financieras de América Latina, según informó Bloomberg en agosto. Sin embargo, David Vélez, CEO y fundador de la empresa, de origen colombiano, dijo: “Los bancos tradicionales siguen teniendo más del 85 % de ‘cada una de las verticales’ ”, incluidos los seguros y el crédito a las pequeñas empresas.
De cara al futuro, Vélez afirma que la inteligencia artificial “va a ser una tecnología horizontal que podría revolucionar el acceso a la educación y la salud”. Es probable que parte de esa innovación proceda de empresas tecnológicas latinoamericanas, que tradicionalmente se han destacado por encima de sus competidores. “Estamos asistiendo a la segunda o tercera generación de emprendedores tecnológicos en América Latina”, afirma Segal. “Han creado esta comunidad en red en la que los líderes exitosos financian y tutelan a muchos de los más jóvenes”.
“Siempre es fácil y más seguro ser negativo con respecto a América Latina”, dijo una vez Michael Reid, quien por muchos años fue el editor regional de The Economist. Al sombrío balance de la última década, cabe añadir otras advertencias: el cambio climático y El Niño seguirán causando estragos en las economías de la región.
La aparentemente interminable expansión del crimen organizado, alimentada por la demanda de drogas de Estados Unidos y Europa, está causando estragos –y desestabilizando la política– en países que antes apenas tenían problemas, como Chile y Ecuador (también se suman Costa Rica y Uruguay). La vida sigue siendo lo bastante difícil para la gente del común, lo que ha impulsado a que un número récord de emigrantes latinos crucen la frontera estadounidense. La corrupción, la desigualdad y la mala gestión política pueden impedir que los avances mejoren la vida de las clases trabajadoras.
Pero la conclusión es básicamente esta: el contexto exterior de la región es ahora tan favorable, en diversos frentes, que está superando otras dificultades. Si la combinación de políticas públicas fuera mejor, la región podría crecer un 4 %, incluso un 5 % al año. Pero un 2,3 %, o quizá un poco más, sigue pareciendo progreso.
Ese crecimiento, sumado a las inversiones que se están realizando, podría bastar para crear un poco más de bienestar entre las personas que habitan el subcontinente, lo que a su vez podría contribuir a que la política mejore. En otras palabras, parece el comienzo de un círculo virtuoso, no abrumadoramente positivo, pero mejor que la situación actual. “En general, soy optimista”, afirma Marcelo Claure. Y no es el único.
BRIAN WINTER (*)
AMERICAS QUARTERLY
(*) Editor en jefe de ‘Americas Quarterly’ y analista de la política latinoamericana. José Enrique Arrioja y Emilie Sweigart también colaboraron en el reportaje.





















