Los efectos colaterales de las elecciones presidenciales en EE. UU.


A comienzos de esta semana un analista llamado Bryan Walsh habló de los “Estados Desunidos”, tras conocerse los primeros escrutinios en el país del norte. Llegar a la conclusión de que hay una ciudadanía partida por la mitad es lógico, dada la polarización que volvió a ser la nota predominante en los comicios del 3 de noviembre.

Las implicaciones de esa apreciación son amplias. A fin de cuentas la tierra de George Washington es un referente global, al menos en lo que atañe a la democracia republicana. Más de un político tomará atenta nota de lo que funcionó y lo que no en la presente ocasión, con el fin de adaptarlo a su realidad.

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De la jornada del martes surgen lecciones que pueden aplicarse en cualquier sitio en donde existe el derecho a elegir y a ser elegido. No hay duda de que vale la pena entender por qué ganó Biden, pero también es crucial mirar por qué Trump estuvo cerca de imponerse. Así haya perdido, obtuvo unos siete millones de votos más que en 2016.

El populismo no está en retirada

Si algo caracteriza al mundo a lo largo de la pasada década es el surgimiento de líderes populistas en múltiples lugares. América Latina cuenta con una larga tradición en ese campo, pero cada vez aparecen más ejemplos de caudillos en otros sitios, cuyas propuestas encajan en un concepto amplio que no está vinculado a ninguna ideología en particular.

Sus promotores se caracterizan por dividir, en lugar de unir. La táctica consiste en atribuirles las penurias de la gente a terceros, a veces difusos, a veces con nombre propio, y proponer soluciones nacionalistas que suenan sencillas y acuden a sentimientos primarios.

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El populista usualmente se victimiza para explicar por qué las promesas hechas, nunca se cumplen. No es falta de voluntad, dice, sino la existencia de un enemigo abstracto que conspira y hace lo posible para preservar sus privilegios, lo que justifica la ausencia de resultados.

Sin duda alguna, las redes sociales juegan un papel importante en la difusión de las ideas más extremas. El espacio digital provee un lugar íntimo, personalizado, a través del cual cada uno ratifica sus creencias y a la vez se siente parte de una comunidad con la que comparte determinados valores, por cuenta de los algoritmos que personalizan los contenidos y se ajustan a quienes piensan y tienen gustos semejantes.

Donald Trump es un ejemplo que no va a desaparecer del escenario, más allá de su derrota. Haber llegado al que es descrito como el cargo más importante del planeta por cuenta de su capacidad de convertir las frustraciones en votos, demuestra que la política de la rabia genera réditos en las urnas.

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No menos importante es apelar a sentimientos como el miedo. A muchos observadores les puede parecer absurda la implicación de que un triunfo de los demócratas le abriría el campo al castrochavismo en Estados Unidos, pero para miles de personas de origen hispano la amenaza es real y así sea improbable, resulta mejor curarse en salud yendo a la fija con un enemigo declarado de La Habana y Caracas.

Elecciones en Estados Unidos

Joe Biden se convirtió en el candidato más votado en unas elecciones presidenciales en Estados Unidos.

Foto:

Shawn Thew / EFE

El centro existe

Desde hace meses, cuando Joe Biden lanzó su nombre al ruedo, la reacción en múltiples sectores de su propio partido revelaba una falta de entusiasmo. Desde su edad, hasta las historias de supuestos comportamientos personales cuestionables, pasando por una tendencia a confundir datos y ser un representante de la política tradicional, fueron esgrimidos en su contra.

No obstante, a medida que avanzaron las primarias, empezaron a aparecer otras cualidades que le sirvieron para llevarse la nominación como candidato a la presidencia. Aparte de experiencia, el péndulo se inclinó en su favor por cuenta de no ser un factor de polarización. En su pasado como senador había sido capaz de trabajar y de cultivar amistades con los republicanos, lo cual permitía describirlo como un moderado.

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Semejante caracterización resultaba clave para contener a sectores de la colectividad demócrata que se ha desplazado hacia la izquierda, con figuras como la representante a la cámara por Nueva York, Alexandria Ocasio Cortez. Ésta en su momento apoyó abiertamente al senador Bernie Sanders, quien habría sido ideal para Trump como contrincante, pues habría sido presentado como un comunista con piel de oveja.

Haber escogido la línea del centro acabó siendo determinante para Biden, especialmente en los estados que dieron la vuelta en su favor. El triunfo conseguido por el exvicepresidente de Obama sugiere que la mejor manera de contener a un extremista no es enfrentándolo a otro, sino a alguien que despierte más sentimientos positivos.

Hay, entonces, un subtexto que merece ser tomado en cuenta por aquellos que piensan que el populismo es incontenible. No se trata de aplicar en la política la ley de Newton según la cual una acción da lugar a una reacción similar en el sentido contrario, sino de neutralizar las fuerzas negativas dándole un énfasis al equilibrio.

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La economía importa

Lo anterior demanda, en todo caso, que las mayorías tenga la percepción de que un aspirante cuenta con las capacidades necesarias para garantizarle un mejor nivel de vida a la población. Las encuestas hechas en boca de urna mostraron que Trump era visto como alguien más indicado para apoyar la reactivación económica.

Dado que la recesión es la constante en el 90 por ciento de los países del mundo, este no es un tema menor. Para ponerlo en términos simples, el reto es convencer al electorado de que es factible conseguir la recuperación rápido, con el menor sufrimiento posible.

Y aquí lo complejo es conseguir resultados, sin caer en la irresponsabilidad. Ante la contracción de múltiples sectores productivos y las pérdidas masivas de puestos de trabajo, el terreno está abonado para las malas ideas, que comienzan con gastar de manera descontrolada, pensando que otro pagará la cuenta.

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Un asunto muy espinoso es el de los impuestos. La ortodoxia dice que para disminuir eventualmente la nueva deuda pública habrá que buscar fuentes de recursos, pero los contribuyentes no quieren más gravámenes. Aunque Biden insistió que solo trataría de hacer más equitativas las cargas y que se concentraría en los individuos de más altos ingresos, su opositor lo presentó como alguien que le metería la mano en el bolsillo a todos, algo que casi le cuesta la elección.

Por tal razón, plantear reformas tributarias se vuelve poco menos que radioactivo y no solo en territorio norteamericano. Las promesas electorales se encaminan a que más crecimiento es la salida para llenar las arcas del Estado, pero eso está por verse.
La globalización también seguirá en la encrucijada y no solo por cuenta de las tensiones entre Washington y Pekín. Es grande, además de popular, la tentación de proteger a ciertas industrias.

Elecciones en Estados Unidos

Uno de los retos que tiene Joe Biden es acabar con la polarización del país.

Foto:

Michael Reynolds / EFE

La pandemia y sus secuelas

Parece increíble, pero es así. Justo en la semana en que el número de contagiados de covid-19 llegó a un nuevo máximo entre los estadounidenses, los electores le dieron más peso a otros elementos a la hora de tomar una decisión.

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Esa constatación no desconoce que millones de personas censuraron a Trump por el manejo de la pandemia, en un país en el cual portar tapabocas o no, tomó un tinte político. Es sabido que los republicanos son menos propensos a ponerse una mascarilla que los demócratas y más cuando su líder hace aparecer como débiles a quienes se protegen.

Pero al mismo tiempo, las actitudes ante el coronavirus han cambiado. Así el número de casos haya superado los diez millones en Estados Unidos y los fallecidos se aproximen a 250.000, hay una clara resistencia a que regresen los confinamientos obligatorios y estrictos.

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Tanto, que la prioridad para la mayoría es que la vida siga. Eso es distinto a volver al dilema de salud versus economía, sino consisten en aceptar tácitamente que cierto nivel de infecciones y muertes es inevitable y más cuando se actúa irresponsablemente, algo en lo cual valen más las decisiones personales que las gubernamentales.

Debido a esa circunstancia, es poco probable que el peor azote sufrido por la humanidad en décadas acabe teniendo una gran relevancia política dentro de unos meses, cuando las peores emergencias formarán parte de la memoria. No se trata de minimizar el impacto en la cotidianidad o el incalculable costo de los decesos, sino de resaltar que la obsesión de los vivos será la manera de asegurar un mejor presente, tan pronto como sea posible.

En busca de la seguridad perdida

Que ahora la gente mira con más preocupación lo que puede venir en los próximos meses o años, es algo indiscutible. Y no es que las cosas fueran fáciles antes, como quedó en claro con la insatisfacción que derivó en las protestas populares que sacudieron a más de 40 naciones durante 2019.

No obstante, la mezcla de pandemia y crisis económica disparó la ansiedad. Profesiones que se consideraban estables -incluso en épocas de revolución tecnológica- como las asociadas al turismo, se convirtieron en una sinsalida para millones.

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En lo que atañe a los jóvenes o las mujeres, que son los grupos más golpeados por las pérdidas de puestos de trabajo, la realidad es particularmente dura. Los sociólogos hablan del riesgo de una generación perdida, en la habrá cada vez más “ninis”: aquellos que ni estudian, ni trabajan, ni buscan entrar al mercado laboral porque sienten que no van a conseguir nada.

La incertidumbre, para ponerlo de manera simple, es el sello prevalente de los tiempos actuales. Aun aquellos que conservan su trabajo se preguntan si también su tranquilidad está en peligro. Por tal motivo, el gran anhelo es la seguridad, que va más allá del concepto asociado a la ausencia de crimen. En últimas, y aparte de las ideologías o de las preferencias políticas individuales, el afán es no perder la estabilidad alcanzada.

Aunque cada país tiene urgencias distintas, el nerviosismo se parece. Debido a ello, se vuelven clave aquellos liderazgos que inspiren calma y que sean capaces de fortalecer las certezas. En cambio, los empeñados en hacer borrón y cuenta nueva pueden generar rechazo, pues a lo que aspira la gente es a tener menos dudas sobre lo que viene.

Una consideración final

Los puntos mencionados arriba son válidos a la luz de lo que se acerca para América Latina, en general, y para Colombia, en particular. Hay que recordar que la región está a punto de comenzar un ciclo electoral intenso que llevará a la escogencia de presidentes en dos tercios de los países del área a lo largo de los próximos dos años.

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No hace falta ser un experto en la materia para saber que el populismo buscará reforzarse, tanto desde el lado de la izquierda como de la derecha. Ante esa perspectiva es fundamental que existan propuestas desde el centro, con el que se identifican la mayoría de los ciudadanos. Pero el éxito de los moderados depende de candidaturas viables que sepan convencer a los votantes de que el extremismo no es la salida.

Debido a ese motivo, es tan importante transmitir que se cuenta con la capacidad para manejar bien la economía, algo que pasa por reconocer que hay una nueva ortodoxia frente a los desequilibrios fiscales y la apertura comercial. Cómo regresar al crecimiento perdido será algo central en los debates, permeados por los aumentos esperados en pobreza e informalidad.

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Con respecto al virus, el énfasis estará centrado más en los tratamientos adecuados y en la distribución de la vacuna que en su contención. De manera tácita o explícita, la inmunidad de rebaño parece ser una meta en la región, por lo cual el nivel de la emergencia debería descender en unos meses.

Esa previsión les dará más volumen a reclamos distintos, algunos antiguos y otros nuevos. El deterioro en la distribución de ingreso y el retroceso en la calidad de vida de vastos sectores de la población se combinará con la búsqueda de figuras que tracen la ruta de una mejoría colectiva.

El dilema, entonces, será resistir la tentación de encontrar mesías que pueden tornarse en luciferes y en cambio optar por alternativas más apegadas a las instituciones. Eso es lo que acaba de hacer Estados Unidos.

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Pocos creen que Joe Biden vaya a transitar un camino de rosas, pero su escogencia despierta la esperanza de que la democracia es capaz de aprender de sus errores y encontrar el rumbo correcto. Ojalá, cuando les llegue su turno, a los países latinoamericanos y a Colombia, les pase lo mismo.

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RICARDO ÁVILA
Analista Senior
Especial para EL TIEMPO
Twitter: @ravilapinto

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