Así es el ‘Vaticano’ de la cultura indígena zapoteca en México

SAN PABLO VILLA DE MITLA, México — Las ruinas de Mitla se ubican a unos 50 kilómetros de Oaxaca, en las montañas del sur de México, construidas sobre un valle alto como umbral entre el mundo de los vivos y los muertos.
El sitio fue establecido aproximadamente en el año 200 d. C. como una aldea fortificada, y luego como cementerio de los zapotecas, o Gente de las Nubes, que se asentaron en la región alrededor del 1500 a. C.
Cinco conjuntos principales de ruinas se encuentran dispersos por el pequeño centro turístico moderno que es San Pablo Villa de Mitla. Algunas son casas reales y centros ceremoniales con plazas centrales. Una es una pirámide en ruinas y otra es una iglesia española con cúpula y patios zapotecas contiguos. Elaborados mosaicos, frisos geométricos serpenteantes que se asemejan a encajes tallados, cubren las paredes. Rastros de color persisten en las edificaciones que alguna vez estuvieron cubiertas con pintura roja brillante hecha moliendo cochinillas de los nopales.
Los cronistas españoles bautizaron a Mitla como el “Vaticano” de la religión zapoteca y se decía que sus maravillas continuaban bajo tierra. Los zapotecas, conocidos por su vínculo metafísico con la lluvia, los truenos y los relámpagos, creían poder comunicarse con dioses y espíritus ancestrales en una cavidad de tierra debajo de su ciudad, que conducía a un inframundo conocido como Lyobaa, el “lugar de descanso”.
En 1674, Francisco de Burgoa, un fraile dominico, escribió un recuento, basado en documentos de la iglesia, de los misioneros españoles que habían explorado un extenso laberinto de túneles y cámaras funerarias bajo las ruinas de un palacio monumental.
Un siglo antes, el clero laico bloqueó las entradas al complejo hundido con ladrillos y cemento, presuntamente para mantener fuera a las masas o mantener dentro a los fantasmas.
“Los españoles creían que demonios realizaban magia negra en las tumbas subterráneas”, dijo Denisse Argote, investigadora del Instituto Nacional de Historia y Antropología de México. En septiembre, Argote y un equipo de 13 científicos pasaron una semana explorando el sitio de Mitla para tratar de determinar qué queda de las catacumbas de los zapotecas abandonadas hace mucho tiempo.
La Iglesia de San Pablo, un lugar de culto católico, está junto a patios centrales. La iglesia fue construida en 1590, 70 años después de que los conquistadores españoles llegaron al Valle de Oaxaca. A los investigadores no se les permitió instalar equipo en la iglesia, por lo que colocaron sensores sísmicos —electrodos y geófonos— en forma de herradura en el patio, para mirar a través de las capas de suelo.
“Utilizamos herramientas de estudio geofísico no invasivo para eliminar la necesidad de excavar en el lecho de roca y perturbar el sitio”, dijo Marco Vigato, principal patrocinador del equipo de investigación. “Nuestra esperanza es detectar espacios ocultos y objetos enterrados u otras pruebas de las cámaras subterráneas perdidas descritas por el padre Burgoa”.
Hace varios años, mientras leía sobre el folclor de Mitla, Vigato pensó en confirmar el relato del padre Burgoa sondeando el subsuelo. En el 2021, fundó el Proyecto de Exploración e Investigación Arqueológica, o ARX, para recaudar fondos para la investigación. La organización sin fines de lucro ha hecho mancuerna con el Instituto Nacional de Antropología e Historia y la Secretaría de Cultura de México para documentar y conservar San Miguel Ixtapan, un sitio en el poblado de Tejupilco que ha producido docenas de losas de piedra megalíticas talladas. La excavación ARX ha desenterrado dos losas adicionales y creado modelos tridimensionales de la piedra “Maqueta”, una representación elaborada y centenaria de una ciudad esculpida en una enorme roca de basalto.
El año pasado, los investigadores utilizaron una combinación de tres tecnologías de escaneo —radar de penetración terrestre, tomografía de resistividad eléctrica y tomografía de ruido sísmico— para generar imágenes tridimensionales de lo que había debajo. Los estudios revelaron un misterioso inframundo, confirmando la presencia de un gran vacío bajo la sacristía que se extendía hacia el oeste y el noroeste.
En un momento dado, Vigato se paró en el santuario de la iglesia. Frente a él estaba el altar.
Directamente debajo, oculto a la vista, había un portal sellado que había determinado que era la entrada al laberinto subterráneo.
“Creo que hemos encontrado el palacio perdido de los vivos y los muertos”, dijo.
Por: FRANZ LIDZ
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